Eugenia Prado
Texto leído con motivo de la presentación del libro
El Mal arcano de Jorge Scherman,
el martes 2 de septiembre
en el café literario de Providencia.
Santiago de Chile.
Ambientados sus ejes centrales en momentos específicos de dictadura y post golpe militar, la trama nos sitúa en un espacio tiempo que nos compromete. La novela, registra en reversa los acontecimientos de una historia. Hablamos de una historia reciente, que tal vez por arrogancia, nos parezca tan distante. Porque a estas alturas ni hablar de conveniencias. A qué ser humano podría resultarle conveniente que una historia que involucra vidas, vidas de otras personas, acabe de un momento a otro con violencia, muerte y sin explicaciones. Sería impensable concebir esa voluntad, aún así, hablamos de hechos reales, que bajo el poder de unos pocos sucedieron ocasionando catástrofes y derrotas.
Situar esos espacios de la política, el mal gobierno, la mala historia nuestra cruzada de oscuros paisajes, quiebres, desapariciones y pérdidas. Contar una historia. La de nuestro país, una historia de traiciones. Construir una mirada que nos cita y nos incita a focalizar al enemigo a retejer y entender nuestro pasado. ¿Qué sucede cuando alguien a quién has amado desaparece? Contarla, tantas veces como sea necesario. Frente a la crudeza de los hechos, el tiempo se detiene. El dolor ocasionado por la pérdida, se instala sobre el cuerpo marcado por la enfermedad. Es la apuesta de este relato, de escenarios reales y en extremo humanos.Será que nos encontramos frente al mal augurio de una nueva especie. La manifestación de una plaga colectiva. Cito: “He conversado horas con mi psiquiatra … Cuando le pregunto qué nombre tiene esa versión del insomnio me responde dejándose llevar por su entusiasmo con el lenguaje: el mal arcano. Y ya pasado mi asombro reconoce que no lo sabe: hasta donde llegan sus conocimientos soy un caso único, no de insomnio, por cierto, sino de lo insondable. El mal arcano, se instala sobre el cuerpo marcado por la enfermedad. Ni perdón, ni olvido, a menos que se reconcilien las fuerzas que lo precipitan y se complete la historia. Hasta que finalmente se resuelva su caso, y todos esos casos. Cito: “Y así viajo, a la intemperie, costra viva, animal herido, amando y enarbolando el estandarte de la oscuridad”.
Jorge Scherman dibuja con sus detalles los acontecimientos de un mundo abierto y explanado, donde fábulas y mitos se confunden con historias actuales, reales, sacerdotes, filósofos, tarotistas y escritores, escrituras todas válidas para la construcción de realidad.
A punto de convertirse en otro, sus pensamientos oscilan y se desplazan. Su padre desaparece en dictadura. Los planos de tiempos superpuestos, determinan su urgencia. Regenerar el tejido. La nueva apuesta. Un cambio de pieles. Mutar los pensamientos de los que transitan entre el dolor y la rabia, la melancolía y el retraimiento. Desplazar el desencanto anclado en historias incompletas y librarnos finalmente del cuerpo castigado.
De la mano de mujeres relevantes se estructura esta larga travesía, todas ellas de pasados y tejidos diversos, filiaciones y familias, antes de instalado el peligroso filo, portan sus diferencias. Los hilos sin excepción se iluminan en todas ellas, y a la vez se oponen como destellos de figuras horrorosas. Sus puntas proyectadas espejean las antiguas marcas, acunando su transformación y es justamente allí donde encontramos su principal fuente. El eterno Edipo, ahora desplazado, en la historia de Celeste, la destinataria del relato. Cito: “Te niegas a aceptarlo, para ti nuestro encuentro es mucho más que la unión de dos soledades, insistes en que nada tiene que ver nuestra mutua necesidad de un deseo y un destino. Afirmas que tu amor por mí no es en realidad parte vital de tu obsesión de reconstruir el ayer, pero no puedes negar que amaste a mi padre, y ese lazo te ayuda en tu intento de atrapar un esquivo devenir.”
En el cruce de las madres y no madres, las mujeres se desplazan en un tiempo en construcción, tensionando el carácter de sus pensamientos. De sus vidas, poderosas hebras, les impiden existir en un mismo tiempo y espacio. La amada, una madre otra y distinta, concebida por el deseo y la nostalgia, será la fuerza irreconciliable y contrapuesta con aquella que lo vio nacer. Cito: El amor es más frágil que el dolor… no admite olvido … nuestra relación Celeste, se le pondría en medio del camino, le rompería su mundo justo cuando comienza a visualizar una salida … le recordarías que hubo un ser para ella desconocido, un ser que su memoria no podría capturar”.
En el cruce de dos generaciones imposibles, desde experiencias vitales discontinuas la fatalidad de los amantes se instala. El secreto que los une, es a la vez el mismo que los separa. Cito: Apenas nos conocimos esa tarde de agosto, cuando tu mirada y la mía…, supiste que yo debía ser Emilio, el hijo de Lucas Andreu, el hombre que abandonaste para salvar tu vida. Tuviste la ilusión de que él te seguiría al exilio, pero las mismas convicciones que le ayudaste a forjar lo llevaron demasiado lejos: aquí me quedo con mi gente, fue lo último que le leíste de su puño y letra, y te esperaré hasta que regreses. Desde el inicio de este largo viaje, en su mujer habita todo aquello de lo que busca escapar, ella completa los registros de una historia que su madre desconoce. La confirmación de su cuerpo encadenado. El muro contra el cual se desbaratan sus insistencias. Conectados en la necesidad ella es la urdiembre a la que no puede acceder porque cautiva su terror. Cito: “A ti, Celeste, lo sé, te preocupan más mis vigilias que mi frustrada vocación por las letras. Hallas ahí la raíz de lo que te gusta llamar mi desajuste”.
En el amor desmedido por esas madres, se reconstruye una historia truncada. Las mujeres / todas ellas / las importantes y las otras / son diosas míticas, símbolos de estructuras esenciales, una alegoría a las mujeres de Chile, valientes, atrevidas, grandes todas ellas, las que estuvieron allí, las que aprendieron a resistir.
Las mujeres habitan la fuerza, la misma con que educan y forman a sus hijos, la misma con que piden claridad en los hechos del pasado. Todas ellas, madres, hijas, esposas, amantes, exigen explicaciones.
“Había una traza en mi devenir marítimo. Había una traza en mi mente aún desprovista de la potencia de la razón que me señalaba la inconveniencia de nacer. Había más bien una buena dosis de instinto que repicaba en el lado ya formado de mi corazón”.
Escudriñar los acertijos, los largos planos y tiempos quietos, donde se mezclan las historias del mundo. Recuperar al padre desaparecido hace más de treinta años. Abandonar la melancolía y el desencanto. Buscar en secreto las huellas de un fantasma. Los recuerdos flotan de escenas feroces, la historia va reconstruyéndose de modo irremediable.
Cito: El sueño vivo reaparece una y otra vez. Una y otra vez reaparece el sueño vivo, como si yo fuese un náufrago perpetuo. El mar donde nací y crecí mientras Lucas acariciaba el vientre abultado de mi madre, mi lar, ajeno del todo a la ciudad sitiada … Regresaba al vacío previo a mi gestación, mientras tejía mis fantasmas a la espera del retorno de esas musas que me ofrendaban la promesa del desvelo. Desde esa vigilia el edén acuoso se transformaba en el enigma que me esperaba el día del grito, cuando cruzara las fronteras que Manuela había erigido para que mi felicidad”.
La sacerdotisa, es la tercera compañera de viaje, cómplice de algunos episodios del pasado, portadora de las claves y palabras, la conciencia y el mundo, y también de las buenas nuevas. Una lectura del tarot ilumina levemente hacia atrás, intervalos, causas y acontecimientos, se establecen las primeras claves. Un camino para la cura de su mal. La salida: Liberar el corazón oprimido, aceptar todo ese dolor y recibir la historia. La novela apela a un imaginario de cruces en que las historias, la nacional y la universal se complementan para sacarnos del pequeño orden de la nación.
La furia se imprime sobre el cuerpo, el mal arcano, cargado del horror se aproxima hacia la reconstrucción. Luego de exhaustivos procedimientos y peritajes. Se confirma la muerte. Causa. Peso y tamaño de los huesos. Todo allí, como prueba irrefutable de los horrores que pudieron evitarse. Todo se establece como información. Cito: “Los datos del mapa, Celeste, resultaron ciertos … En la ladera oeste, a unos trescientos metros sobre el nivel del mar, en un monte bajo entre dos cerros mayores, había un par de rocas que formaban una suerte de entrada a una cueva. Cabían apenas dos o tres personas de pie … Bajo piedras menores habían cavado una tumba vertical. Al retirarlas, encontraron una mezcla extraña de humedad y musgo. Al parecer, una filtración subterránea lo alimentaba. No te relataré los pormenores, Celeste… nada que uno se pueda ni siquiera imaginar … Hasta que al fin el trabajador salió y dijo: es un esqueleto que está cruzado, más bien rodeado por una cadena. ¿Únicamente huesos y la cadena? Sí. ¿Tiene alguna idea de cuánto pesa todo? Deben ser unos cuarenta o cincuenta kilos. ¿Lo puede cargar todo sin dañar nada?, preguntó el forense, ¿se lo podrá? Pienso que sí, pero no sé si todas las osamentas saldrán juntas, algún hueso se puede desprender. Intente que no ocurra, y proceda con cuidado, ordenó el juez. A los minutos apareció el hombre con el esqueleto extendido y efectivamente, Celeste, traía medio adosada una cadena mohosa, de eslabones grandes: parecía una cruz torcida, más bien deformada entre medio de los huesos. La calavera parecía intacta…”
Todo esto pudo no haber sucedido. Todo esto no debiera suceder jamás. Pero no se pueden detener las furias del hombre, ni debilitar sus deseos de poder.
Al final de la novela. Plantea Scherman: “Hoy te enterramos, Lucas. Mamá ha sellado su largo camino. Frente al nicho del Cementerio General donde por fin descansarán tus restos, la acompaña su gente de todos estos años. Manuela ha logrado que no haya discursos ni cámaras. La pequeña multitud se pierde tras las tumbas… Y esta noche, lo sé, al fin dormiré como un bendito … El águila se pierde en el firmamento. Prometeo desencadenado. El bien misterioso, Lucas, el buen arcano… ”. un giro en el destinatario de esta larga travesía / carta / registro. La integración del cuerpo, el gran sueño de los justos.
Eugenia Prado, septiembre de 2008
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Rodrigo Cánovas
Pontificia Universidad Católica de Chile
Mi primer encuentro con Jorge Scherman Filer fue en calidad de lector de la novela Por el ojo de la cerradura (1999), que narra la historia de una familia judía que emigra durante los años veinte desde Moldavia a Buenos Aires y, luego, a Chile, y de la suerte de sus descendientes en este confín del mundo. Una historia de filiaciones, una memoria familiar que incorpora el daño y su sanación. Escribí sobre ello con entusiasmo. El siguiente encuentro fue como lector de su tesis de post-grado sobre la novela de la dictadura, centrada en las figuras de García Márquez y Carpentier. Se despliega aquí una amplia enciclopedia, que logra despejar la imagen de un Padre latinoamericano circularmente obsesivo y delirante, que cual dios caprichoso enreda discursos populares, bíblicos y de la tradición cartesiana, desencadenando el caos. Este estudio fue publicado en 2003 bajo el feliz título de La parodia del poder (con el subtítulo correspondiente). Como una cosa lleva a la otra, en estos momentos Jorge y yo, un judío y un goi, es decir, un gentil, estamos empeñados en la tarea de culminar un trabajo crítico sobre la literatura judía en Chile. Por supuesto, tiene otras publicaciones literarias; su primera novela Sócrates despliega el arcoiris (1994), que cuenta con una adaptación teatral; y su libro de cuentos, Eclipse (2005), de una compleja textualidad. Del economista sé poco; aunque sí estoy informado que circula un valioso libro sobre la pobreza escrito en los años ‘80. Y del ensayista, hay muchos textos, destacándose el manuscrito sobre Marlon Brando.
Realizo este breve preámbulo, para comunicar y compartir el entusiasmo que siento como lector y compañero de jornada, por el lanzamiento de un nuevo libro, que es una novela que siguiendo la tradición bakhtiniana, también puede ser leída como una reflexión filosófica y como una serie de pensamientos sobre el devenir humano, que juegan a delinear nuevos horizontes para este siglo XXI.
Vamos a la novela El mal arcano (Santiago: Cuarto Propio, 2008) ¿Cuál es ese mal? El insomnio. ¿Y cuál es ese revés del sueño? El de la Humanidad: crear un mundo, volver a crearse superando los determinismos del origen. Como la vida es implacable y como a veces los Dioses juegan a estar muertos o esperan demasiado de nosotros, nos sumergimos en la pantalla blanca para llenarla de sentido.
¿Y qué pasa cuando el insomnio es el de un país o de una generación? Esta novela vuelve a habitar esos espacios grises de la dictadura chilena y de su tenue arco iris posterior, acudiendo ahora a la imagen de un viaje interior, que sitúa el enigma en las grandes matrices de la cultura: el Edipo y la Poética del Alma, todos barajados en el Tarot Mítico.
Si alguien pensó que la sociedad neo-global chilena del siglo XXI había dejado atrás a los huérfanos como sujetos privilegiados de la narrativa chilena, está en un error. En realidad, estos sujetos perseveran, generando una serie singular, cuyos términos varían a la luz de las nuevas reglas del puzzle social. Aquellos jóvenes que vagaban abandonados por el casco antiguo de la ciudad de Santiago durante los años ‘80, presentados en Santiago Cero, de Carlos Franz, aparecen acompañados ahora por otros jóvenes que recién cobran visibilidad: los hijos de los detenidos desaparecidos, cuyo horizonte está delimitado por el silencio y los tabúes de los mayores. Así por ejemplo, los textos de Nona Fernández y Alejandra Costamagna lanzan al espacio a hermanos mellizos e hijas únicas que quieren recobrar la figura del padre. Es aquí donde el incesto abre la ruta para reinsertarse en un origen, el chileno, sellado por el silencio.
El mal arcano, de Jorge Scherman Filer, se inscribe en esta trama nacional y, sin embargo, aunque parezca paradójico, la desdibuja y le asigna nuevos parámetros. Primero, asimila sensibilidades y discursos de esta reciente tradición: la recriminación que se hace a los mayores por su narcisismo utópico, la desilusión ante un arco iris de los ‘90 hecho de cartón piedra; y en el relato, la trama policial y el reportaje. Pero como en los sueños, ese contenido manifiesto aparece retroalimentado por un sujeto inmerso en los mitos de la Humanidad. Política, ideología y trama familiar aparecen violentamente desviados hacia el doble signo de las cartas del Tarot Mítico. Vivir es desafiar a los dioses y ser castigado por ellos; nuestro mal arcaico es la no trascendencia o la trascendencia vacua. Un padre desaparecido nos deja en manos de Cronos devorador de su creaciones.
La novela tiene dos caras, una de tristeza y otra de alegría. La Parte I exhibe las tribulaciones del joven Emilio, un hijo de un detenido desaparecido, que sufre del mal arcano, taller literario y del alma donde vertebra sus pensamientos desde una irrefrenable rabia melancólica. La coloración de la pantalla en blanco del insomnio y el inicio del contacto con el padre ausente surgen con la aparición de Celeste, que vuelve a Chile luego de un largo exilio, reconoce físicamente a Emilio como el hijo de Lucas, su antiguo amor, y lo renueva con el hijo. Alegoría histórica del reencuentro de un país y amor incestuoso que nos hace regresar a tientas hacia una transgresión largamente postergada. Pronto aprendemos que toda la novela es una confidencia de Emilio a Celeste, quien lo reenvía a la prehistoria de su padre Lucas, cuando éste ni siquiera conocía a Manuela, la madre de Emilio.
Festín virtual de los sentidos. La pasión sólo es anotada en las tribulaciones y los soliloquios del personaje, quien sabe que está también ante una esfinge. En este escenario edípico, con dos madres y un hijo que suplanta al ausente, se despliega la intrahistoria chilena: la no coincidencia de los tiempos del exilio exterior y del inxilio, el choque entre un pasado henchido de convicciones y un presente sin aura, la “pasión de vivir” de antaño y la melancolía actual que, a lo más, se torna en tristeza cuando Emilio se apropia de Celeste (o a la inversa). Es un intercambio de sueños, que permite el despertar de los sentidos.
¿Qué significa la ausencia de un padre? La pregunta es teológica. Desde la matriz del insomnio, escuchamos este pensamiento: “Mi padre es el símbolo del Dios ausente, pesado y duro como todo aquello vislumbrado a través de la fantasía” (21). Acaso lo primero será alojarse, nutrirse nuevamente, regresar a través de las Musas a lugares prohibidos donde se pueda calmar el dolor de la no-imagen. ¿Habrá que quedarse allí, como en los sueños surrealistas? ¿Habrá que vivir una vida escindida como Horacio de Rayuela, entre la Maga de los puentes de París y la Talita de los barrios pobretones de Buenos Aires?
¿Cómo llenar el vacío de la Historia? Celeste trae un don preciado: calles, conversaciones, historias familiares, ilusiones perdidas. Y también ofrece finalmente una presencia contra quien el hijo haga sus descargos, rompiendo la imagen heroica de los recién llegados: “Dicen querer a sus hijos, sí, hablar del sacrificio que han hecho y siguen haciendo por nosotros, pero en el fondo nos miran con desdén y su esperanza más secreta es que le inventemos una nueva utopía donde tenga cabida el delito que se han infligido” (60). Y sin embargo, el álbum del recuerdo paterno no es suficiente para que el cuerpo de Lucas aparezca. Pues de eso se trata: que exista una huella, un dato, pues sólo el cuerpo presente de la víctima libera el futuro de los personajes.
Si en la Parte I Emilio exhibe una mirada errática que logra recuperar sólo parcialmente la imagen paterna, en la Parte II el protagonista se ilumina ante nuestros ojos. Se produce un brusco cambio de escenario: como si dentro del insomnio, el sujeto despertara; como si una Beatrice saliera del Tarot Mítico y lo invitara a iniciar un camino que lo llevará a la libertad.
Aparece en escena Alma, historiadora de arte y tarotista, quien aborda a Emilio para invitarlo a su taller. Hija de refugiados españoles y casada con un actor venido de la ex Yugoslavia, en ella confluyen exilios, migraciones y extranjerías. Si Celeste es la puerta del pasado, pero también la trampa de la regresión nostálgica, Alma viene desde el futuro con las claves del origen marcado en un juego de naipes que se remonta a los egipcios y cuya versión moderna, como se sabe, data de 1415, cuando el duque de Milán Filippa María Visconti encarga un tarot dibujado a mano. En tiempos de Maquiavelo aparece como un contra-texto este mazo de cartas enigmáticas que explican las locuras del Caballero de la Triste Figura y disloca la razón moderna.
Alma, la “mujer mítica”, Musa, Guía, Maestra, la Madre Joven, la que conecta la trama del mundo, cual Urganda la Desconocida, esa maga que maneja los hilos de los cuatro libros de Amadís, antecesora del narrador cervantino. La mesa del tarot se instala como un oráculo, no para dar malas noticias, sino para resguardar de un modo ético y afectivo al joven que quiere incluirse en el círculo vital.
Una de las singularidades de este texto es que imprime algunas cartas del tarot en sus páginas, invitando al lector a transponerse en ellas y, cual Altazor, imaginar nuevos mundos. Hay cuatro iconos, que de modo solemne y lúdico se lanzan a las páginas, siempre en sus dos versiones, pues el jardín de la vida, como en los programas cibernéticos, es dual: allí, Hierofonte, siendo el centauro Quirón y también el Sumo Pontífice; y allí El Colgado, asociado a Prometeo encadenado, castigado por Zeus por haberle robado el fuego. A esta figura hace mención la portada del libro: los hombres han sido castigados por su creatividad desde los inicios de los tiempos; romper el mal implica la exigencia de un nuevo pacto con los dioses, con la ayuda inicial de una aliada mágica. Y allí también la carta de la Templaza, el IX de los Arcanos Mayores y luego El Carro, conducido tanto por un guerrero como por una Reina. El libro se cierra con la Carta de los Enamorados, con el troyano Paris teniendo al frente a tres magníficas diosas: Hera, Atenea y Afrodita, presentadas como en una pintura botticelliana. ¿A cuál de ellas elegirá nuestro héroe para iniciar su camino en el siglo XXI?
Las conversaciones más extravagantes y lúdicas se dan en este singular taller artístico entre el joven Emilio y Alma, una maga de encantos ñuñoinos. La interacción de estos personajes convoca la otredad, fluyendo la vida desde el diálogo libre y seductor de dos almas en diversos espacios santiaguinos: cafés, plazas, piezas iluminadas por el tarot. La novela cumple aquí la función de ser un catalizador de las especulaciones sobre el devenir de la vida, acudiendo a diversos pensamientos: el budismo, Euclides, el arte según Susan Sontag, las penurias de Descartes, las esperanzas huérfanas de los personajes de Bolaño. La rabia melancólica de antes se cambia por la alegría de jugar con nuestras lecturas, que nos encaminan hacia un centro luminoso aunque evasivo, pues aparece muchas veces doblado y en virtual eclipse.
Ahora bien, si Celeste trae consigo la memoria histórica de Lucas, el padre desaparecido, Alma recupera su figuración mítica a través de una trama que lo subsume en una espiral de sesgo teológico.
Siendo ésta una historia de un padre detenido desaparecido, en clave mítica, ¿cómo se logra rescatar el cuerpo de la víctima, inaugurándose así la sanación? Junto al juego formal de la mesa del tarot y su iconografía, que soportan un diálogo alegórico sobre la esperanza en este confín del mundo, se exhibe también una trama policial de una impecable belleza formal, por su estructura en abismo, por la cual los personajes de distintas clase sociales, tiempos y religiones se salvan en un movimiento de espiral.
La historia de Emilio, su madre Manuela y su padre Lucas, aparece doblada en una historia-espejo animada por la joven Aurora, su madre y su padre fusilado. El relato que conecta estas historias o, mejor aún, que despliega su simetría, es la historia animada por Gestas y Dimas, dos chilenos que operan en la clandestinidad, de seguro con nombres-chapas, logrando rescatar al enamorado de Aurora.
Sí, Gestas y Dimas, los ladrones zelotes crucificados junto a Cristo. En la novela se nos recuerda que mientras Dimas, el buen ladrón, se arrepintió y pidió perdón, Gestas maldijo a Jesús. Pues bien, la autoría, en un giro transgresivo, jugará la carta de otra versión, que privilegia la gesta de un pueblo, siempre presente en los márgenes. Escuchemos: “Pero hay otras versiones más iconoclastas mucho más atractivas. Taylor Caldwell en Yo, Judas, cuenta que en verdad eran rebeldes a quienes los romanos detuvieron mientras les robaban armas destinadas a alimentar un alzamiento” (103).
Judíos de la populosa clase media chilena, el nominado Gestas se dedica a los negocios y Dimas a la política. Dos versiones de una misma carta del tarot. Su acción --el rescate de un muchacho de las manos de los esbirros de Ubú Rey--, y su conocimiento de Alma constituyen disparadores silenciosos de un juego estructural, donde los personajes de la novela se recomponen en series hermanas y solidarias. Son los enlaces clandestinos del relato, de la resistencia política; y son los enlaces con la Historia de la Humanidad, en una versión donde se cambia el eje de la discordia. En fin, Gestas y Dimas, los héroes mosaicos que se hermanan con los abandonados de la tierra en este juego del Tarot Mítico que tiene a Alma como su intérprete.
Alma, Celeste, Aurora, nombres alegóricos; alegorías vivientes que tienen su eco en la Torá y los ejercicios cabalísticos. En efecto, esta novela nos permite desplegar una enciclopedia distinta a la consabida de la sociedad global: estudios culturales, post-colonialismo, pobreza neoliberal. Alma, Amanda, Aurora, la primera letra, la álef, que suma todas las letras del alfabeto y encierra el misterio del creador, según la Torá. Manuela, Amanda, la letra mem, del medio del alfabeto, estando álef y mem en la palabra madre. Según entiendo, la primera letra incluye también el género masculino y lo corriente es asociarlo a él; como aquí está ausente, la madre se reduplica . No pretendo otorgar ninguna interpretación rabínica, sino señalar los caminos que este texto dibuja para que el lector aproveche su curiosidad cabalística, fundadora del textualismo. Sí, obviamente Barthes es la segunda letra. Bet.
Este texto de Jorge Scherman Filer me trae a la memoria algunas lecturas azarosas sobre la Cábala, ese juego infinito de combinaciones humanas de lo divino; el espíritu inasible de la letra sagrada; y el goce por poder coartarla en un dibujo. Como lo indica un rabino de Salerno: “Mi tarea más difícil es atrapar el valor de las letras: lo que veo ante mí son las veintidós letras volando. ¿En qué orden colocarlas para no destruir el mundo? ¿En qué papel escribirlas y con qué tinta? ¿Qué colores usar? ¿Cómo salpicar el polvo del oro?” (Muñiz-Huberman, 74).
En un soliloquio, cercano al final de la primera parte, Emilio pronuncia esta inquietante frase: “soy en verdad un extraño mesías a quien le han secuestrado el padre” (58). Frases enigmáticas y misteriosas nos rondan continuamente en la lectura. En una ocasión, Alma pronuncia una frase-llave: “en los surcos de tu infierno está ya sembrada la semilla de tu paraíso” (92). Un Mesías que debe reinventar a Dios, alguien que desfonda el infierno. La novela tiene un epígrafe de Sören Kierkegaard, que reza así: “La puerta del paraíso sólo se abre desde dentro”. Es extraño: uno no accede al paraíso, a pesar de que exista una puerta para su ingreso. Son llamados del destino, textos que evocan la conciencia del absurdo de la vida en clave kafkiana; pero aquí, a diferencia del checo, se postula una ética ligada a emprender acciones justas y reivindicativas, y con resultados concretos. Sí, en el texto chileno América no será una fantasía fabulada por alguien que nunca viajó a ese lugar, sino que tendrá un referente real; El proceso se seguirá hasta las últimas consecuencias, con una red de ayuda solidaria y habrá una sanción moral; en fin, El castillo es abordable, justamente porque encierra nuestras ausencias y deudas simbólicas.
¿A qué diosa elegirá nuestro Paris, premunido de un báculo y una manzana de oro, para que lo acompañe de regreso? Ubicado el cuerpo del padre gracias al tesón familiar (a pesar del tibio andar de las instituciones chilenas), reconocidas sus osamentas, apartadas las cadenas que todavía aprisionaban a ese esqueleto prometeico, Emilio reemprende el camino solo: “pero ya lo he decidido, padre, regresaré solo al origen” (199). El aprendizaje ha concluido y en ese sentido las ninfas retornan a su lugar. Ahora Emilio nos invita desde la última página de la novela a imaginar el sendero del padre, tarea mesiánica que se despeja en la historia cotidiana de un país recortado en un relato que reconoce múltiple raíces.
Celebro esta novela por la postulación de una ética en la vida cotidiana; la valoro por la inclusión de formas espirituales especulativas ligadas al Tarot Mítico y a la Cábala, es decir, asociadas a la Alegoría y al Mito, hechos singulares en la literatura chilena actual. Y la distingo por la amplia combinatoria de discursos que invoca, atravesando géneros y sensibilidades poéticas.
Texto que pone en escena la figura del artista en el espacio citadino, recortando sus versiones íntimas y estrafalarias; así por ejemplo, el joven Emilio hace un reportaje de ese centauro que es Andrea, el conocido paseante del carrito vestido de mujer que escribe la historia de la ciudad y que nosotros no podemos traducir; o cuando en pleno paseo peatonal se queda escuchando a un mimo trompetista, cual si fuera su propia sombra, la del creador devolviendo el aura a un espacio gris y anónimo.
Escritura que soporta ejercicios literarios a modo de pastiches realizados por otros protagonistas, y particularmente por Amanda, maestra que le dio lecciones a Gestas en el colegio y que en tiempos de dictadura ofició de costurera en el taller de la madre de Emilio. Texto hecho de costuras, donde reconocemos también algunos posibles borradores ensayados por el mismo Emilio, aprendiz de escritor, para intuir en la costura final que acaso todo el libro haya sido escrito por el personaje.
Novela abierta a la otredad, que convoca un vasto cuerpo de citas, reconociéndose así en la heteroglosia cultural; texto existencial surgido en las noches insomnes chilenas; borradores de nuestra rebeldía creativa; manuscrito que intersecta melancolía y gratuidad; conversación sobre nuestra aldea, en pláticas filosóficas de corte lúdico; violencia y pasión contenidas en una escritura sublime e implacable. El bien arcano, un regalo de los humanos a los dioses, un acto de fe espiritual. |